Cuando Richard Carapaz cruzó en solitario la meta de la etapa 18 del Tour de Francia el 23 de julio de 2026, el gesto parecía familiar. Con los brazos abiertos y varios segundos de ventaja sobre sus perseguidores, el ecuatoriano volvía a demostrar que, incluso en una época dominada por corredores como Tadej Pogačar o Jonas Vingegaard, seguía siendo uno de los ciclistas más impredecibles del pelotón. No había ganado esperando el error de sus rivales. Lo hizo como ha construido la mayor parte de su carrera: atacando.

El triunfo en Orcières-Merlette fue mucho más que una victoria parcial. Confirmó que, a los 33 años, Carapaz continúa siendo capaz de cambiar el desarrollo de una carrera con un solo movimiento, una cualidad que pocos corredores conservan después de más de una década en la élite.

También reavivó una pregunta que suele aparecer cada vez que el ecuatoriano protagoniza una actuación memorable: ¿cómo llegó un joven nacido en una pequeña parroquia agrícola del norte de Ecuador a convertirse en uno de los mejores escaladores del mundo?

La respuesta comienza lejos de los Alpes franceses

En El Carmelo, una parroquia del cantón Tulcán, provincia del Carchi, en la frontera norte de Ecuador, el ciclismo nunca fue un deporte exótico. Las carreteras onduladas, la altitud superior a los 2.800 metros y el relieve montañoso convierten cada desplazamiento en un entrenamiento involuntario. Allí nació Richard Antonio Carapaz Montenegro el 29 de mayo de 1993, en una familia dedicada a las labores del campo.

Su infancia estuvo marcada por la sencillez. Antes de imaginarse vestido con el maillot amarillo o el de lunares del Tour de Francia, utilizaba una bicicleta recuperada y acondicionada por su familia para recorrer los caminos de tierra que rodeaban su comunidad. Aquellos trayectos cotidianos fortalecieron, sin que él lo supiera, la resistencia física que años después sería una de sus principales armas frente a los mejores ciclistas del planeta.

El talento apareció pronto, aunque no de inmediato sobre una bicicleta. Durante la escuela también destacó en pruebas atléticas, hasta que un entrenador cambió el rumbo de su vida.

Richard Carapaz, en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (REUTERS/Matthew Childs)Richard Carapaz, en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (REUTERS/Matthew Childs)

Juan Carlos Rosero, exciclista olímpico ecuatoriano, recorría distintas localidades del Carchi buscando jóvenes con condiciones para formar un proyecto deportivo. Cuando observó a Carapaz entendió que poseía algo difícil de enseñar: una facilidad natural para soportar el esfuerzo prolongado en la montaña.

Rosero lo incorporó al proyecto Panavial-Coraje Carchense, un semillero que posteriormente también impulsaría las carreras de otros ciclistas ecuatorianos como Jhonatan Narváez y Jonathan Caicedo. Allí comenzó el aprendizaje competitivo, pero también una rutina que exigía disciplina para equilibrar entrenamientos, estudios y apoyo a las actividades familiares.

En Ecuador sus resultados empezaron a multiplicarse. Ganó competencias juveniles nacionales, conquistó el Campeonato Panamericano sub-23 de ruta en 2013 y terminó segundo en la Vuelta al Ecuador, donde además obtuvo la clasificación de la montaña. Sin embargo, para un ciclista ecuatoriano de aquella época, esos logros todavía no garantizaban una oportunidad en el máximo nivel. El siguiente paso fue Colombia.

Carapaz celebra el podio logrado en el Giro d'Italia, en mayo de 2022 (REUTERS/Jennifer Lorenzini)Carapaz celebra el podio logrado en el Giro d’Italia, en mayo de 2022 (REUTERS/Jennifer Lorenzini)

La decisión implicaba abandonar el entorno familiar para competir en uno de los países con mayor tradición ciclista de América Latina. Integró el equipo Strongman-Campagnolo y rápidamente confirmó que podía medirse con los mejores talentos de la región. En 2015 ganó la Vuelta de la Juventud de Colombia, convirtiéndose en el primer extranjero en conquistar esa competencia.

Aquella victoria llamó la atención del Movistar Team, una de las escuadras más prestigiosas del ciclismo mundial. Su llegada al WorldTour en 2016 representó un cambio de escala, pero no modificó el estilo que había desarrollado desde adolescente: atacar antes que esperar.

Dos años después obtuvo su primera victoria de etapa en el Giro de Italia. En 2019 dejó de ser una promesa para transformarse en una referencia del ciclismo internacional al conquistar la clasificación general del Giro, convirtiéndose en el primer ecuatoriano en ganar una gran vuelta.

La sucesión de resultados continuó. En 2020 fue segundo en la Vuelta a España; en 2021 alcanzó el tercer lugar del Tour de Francia y, pocos días después, consiguió la medalla de oro en la prueba de ruta de los Juegos Olímpicos de Tokio, un logro histórico para el deporte ecuatoriano.

Richard Carapaz durante el Tour de Italia (Luk BENIES/AFP)Richard Carapaz durante el Tour de Italia (Luk BENIES/AFP)

Lejos de conformarse, Carapaz siguió construyendo un palmarés singular. En 2022 terminó segundo en el Giro de Italia y conquistó la clasificación de la montaña en la Vuelta a España. En 2024 volvió a ser protagonista del Tour de Francia al ganar una etapa, quedarse con el maillot de mejor escalador y recibir el premio al corredor más combativo de toda la carrera, una distinción reservada para quienes convierten el ataque en una forma de competir.

Su victoria en la etapa 18 del Tour de Francia 2026 encaja perfectamente dentro de esa identidad.

Mientras otros equipos calculaban diferencias y reservas físicas, Carapaz eligió el riesgo. Permaneció en la fuga durante gran parte de la jornada y, cuando la carretera comenzó a inclinarse hacia Orcières-Merlette, lanzó un ataque que ninguno de sus acompañantes pudo responder. Los últimos kilómetros fueron un ejercicio de resistencia individual que recordó algunas de sus mejores exhibiciones en el Giro y en la Vuelta.

El ciclista ecuatoriano Richard Carapaz (EF Education-EasyPost) celebra el triunfo en la etapa 18 del Tour de Francia, entre Voiron y Orcières-Merlette, Francia. 23 julio 2026 (REUTERS/Gonzalo Fuentes)El ciclista ecuatoriano Richard Carapaz (EF Education-EasyPost) celebra el triunfo en la etapa 18 del Tour de Francia, entre Voiron y Orcières-Merlette, Francia. 23 julio 2026 (REUTERS/Gonzalo Fuentes)

El triunfo también confirmó otra constante de su carrera: su capacidad para reinventarse. Después de haber ganado el Giro de Italia, subir al podio del Tour, conquistar un oro olímpico y vestir el maillot de la montaña en Francia, muchos corredores habrían optado por administrar su experiencia. Carapaz ha elegido el camino contrario. Continúa buscando victorias mediante ataques lejanos, incluso cuando eso implica asumir el riesgo de quedarse sin premio.

Quizá esa forma de correr tenga una explicación más sencilla de lo que parece. Mucho antes de enfrentarse a los puertos alpinos, el ecuatoriano aprendió que avanzar significaba subir. Las pendientes del Carchi no ofrecían atajos ni estrategias conservadoras. Solo existía una manera de llegar: seguir pedaleando.

Por eso, cada vez que Richard Carapaz acelera en una montaña europea, detrás del campeón olímpico y del ganador del Giro todavía puede reconocerse al muchacho que descubrió el ciclismo entre carreteras rurales del norte del Ecuador. La diferencia es que ahora esas mismas cualidades que lo llevaron a salir de una pequeña parroquia fronteriza son las que continúan permitiéndole conquistar algunas de las cumbres más prestigiosas del deporte mundial.

Leave a Reply