La improvisación de Trump siembra de dudas la cumbre con Kim Jong-un

La Casa Blanca endurece su discurso y exige a Pyongyang «acciones concretas»

«Ok, ok. Díganles que lo haré». La reacción de sorpresa de todos los interlocutores obligó al presidente a insistir en su aseveración: «Díganle que sí». El ocupante del Despacho Oval acababa de dar su visto bueno a una cumbre con el enemigo número uno de EE.UU., el representante del régimen más duro y sanguinario, el entrometido aspirante a la carrera nuclear y el más sancionado por la comunidad internacional. Trump era otra vez Trump.

Los tres enviados surcoreanos, con la propuesta de «pax romana» del dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, bajo el brazo, abandonaron la reunión mucho más satisfechos que los asesores presidenciales, que desde el jueves intentan construir los cimientos de una casa de papel. Orgulloso de hacer historia, a su improvisada manera, le faltó tiempo para acercarse a los periodistas y sacar pecho. Donald Trump ha vuelto a activar la cuenta atrás hacia un final incierto. Lejos de amilanarle, la posibilidad de hacer historia seduce al magnate metido a presidente. Es el jugador, el artista de los negocios capaz de demostrar que puede cambiar el mundo. El anuncio de reconocer a Jerusalén como capital de Israel era el último precedente.

Ahora llega el más difícil todavía. Una cumbre de tú a tú con el caprichoso sátrapa norcoreano multiplica los riesgos, incluido el de promocionar a quien se pretende someter. La propia Casa Blanca limitó al día siguiente el optimismo inicial de Trump exigiendo a Pyongyang «pasos y acciones concretas». Una forma de reconocer que una genérica promesa de «desnuclearización», a cambio de respetar al régimen, no es fiable si no va acompañada de muestras de supresión del arsenal. Y de asumir que el visto bueno del presidente a una oferta por país interpuesto, pendiente aún de ser formalizada por Kim Jong-un, necesita de un larguísimo recorrido diplomático.

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