Pon la mesa, por favor», «qué pongas la mesa», «te he dicho ¡que pongas la mesa!», «¡¡¡¡pon la mesa de una vez!!!!». Hay hogares en los que de vez en cuando a los padres se les escapa algún grito dirigido a sus hijos con la firme intención de que hagan algo que se les ha ordenado. Para compensar la frustración de ese elevado tono de voz intentan después compensarlo con algún abrazo o premio.

Pero también hay hogares en lo que todo, casi absolutamente todo, se dice a gritos. Cada día y a cada instante. Esta situación crea un ambiente de tensión y crispación permanente y mucho malestar entre los adultos, no solo en los niños. Según Amaya de Miguel, creadora de «Relájate y educa», es posible dejar de gritar. «Los adultos solo gritan y no actúan de otra manera porque nadie les ha enseñado a hacerlo de otra forma. No saben qué herramientas emplear para lograr que sus hijos les escuchen, les hagan caso… Por eso, los gritos se convierten en el único idioma de la casa».

Es lógico que los niños prefieran jugar a hacer deberes, ver la tele a poner la mesa… «Conseguir que obedezcan es posible… y sin gritar —insiste—. Hay herramientas sencillas para lograrlo y sin necesidad de castigos, amenazas o premios que, al final, son otra forma de chantaje», apunta De Miguel, que lo dice por su propia experiencia personal. «Soy madre de tres hijos que se llevan entre ellos un año y medio. Cuando me quise dar cuenta, me había convertido en la típica madre desesperada que todo lo pedía gritos. Un día decidí que no podía seguir así, por mi bien y el del resto de la familia. Busqué a alguien que me ayudará, me apunté a seminarios, leí muchos libros y, al final, encontré respuestas: las herramientas que necesitaba».

Explica que empezó a ponerlas en práctica y comenzó a apreciar los resultados. «En mi familia había una mayor conexión, éramos capaces de disfrutar de estar juntos. Mis hijos se empezaron a formar parte de un equipo y hacían las cosas sin pensar que eran castigos». Con la prueba en su propia casa pensó que, del mismo modo podía ayudar a otras familias. Fue así como empezó a impartir cursos online para que los padres y madres desesperados aprendieran a llegar al lugar al que deseaban, mejorar el vínculo con sus hijos y, sin darse cuenta, con su pareja.

Para animar a las familias en esta situación su apuesta es definitiva. Acaba de lanzar la sexta edición del «reto para no gritar en casa». Dará comienzo el próximo 29 de junio y consiste en un programa online de cinco días gratuito. «Comenzamos con un compromiso firme, el de querer de dejar de gritar, que es un recurso fácil al que ya uno se ha acostumbrado. Hay que estar convencido de que se quiere cambiar, de que ya no se quiere seguir actuando de esa manera. Es curioso porque a muchas personas que ya han participado en retos anteriores les he preguntado cuánto hay cada día de conexión verdadera y cuánto de instrucciones en la relación con sus hijos. Más curiosa, o preocupante, es la respuesta: la mayoría reconoce que el 80% de sus relación con sus hijos es para darles instruciones. Eso, hay que cambiarlo. Hay que practicar la escucha, los besos, los abrazos, las caricias, preguntarles cómo se sienten, qué les preocupa, qué les gustaría hacer…».

Rutinas muy marcadas

Pero, además, hay que aplicar muchas otras tácticas. «Funciona muy bien tener unas rutinas muy marcadas que conozcan muy bien todos los miembros de la familia. Si un día le dejo la tablet diez minutos y otro tres horas para que esté calladito, el día que le diga que no puede cogerla se montará un follón. Pero, si le dejo claro que entre semana no se puede coger, que solo podrá hacerlo el fin de semana, y me la pide un día entre semana bastará con recordarle, ¿cómo, si hoy es martes? El niño tendrá claro que no puede tenerla y aunque llore, no la conseguirá. El conflicto en cualquier caso será menor. Las rutinas y normas claras le darán estabilidad».

En opinión de Amaya de Miguel lo ideal es que el padre y la madre se apunten a este reto porque así hay un mayor compromiso de los dos y cada uno conoce y entiende el esfuerzo que hace el otro. «El confinamiento ha hecho, además, que en muchos hogares salten chispas y es necesario fortalecer las relaciones y tener una mayor conexión porque la familia merece la pena dsifrutarla».

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