EE.UU. inauguró este sábado un nuevo capítulo de la conquista espacial de la forma más puramente americana: con iniciativa privada. SpaceX, la compañía aeroespacial del emprendedor Elon Musk, puso en órbita a dos astronautas en el primer vuelo espacial tripulado de una compañía privada.

El hito confirma el cambio de paradigma en la conquista del espacio: de los grandes programas espaciales públicos, como la NASA, a la participación —y, probablemente, el liderazgo— del ingenio privado. EE.UU. salió victorioso de la lucha multimillonaria por liderar la carrera espacial entre EE.UU. y la Unión Soviética durante la Guerra Fría y busca ahora reverdecer esos laureles de la mano de sus compañías. El regreso a la Luna —que se le resiste a la NASA— y la llegada soñada a Marte apuntan a producirse con el motor del tejido empresarial privado del país.

El primer paso en esos objetivos ambiciosos ocurrió el sábado poco antes de las tres y media de la tarde en Florida, en el Centro Espacial Kennedy. Dos astronautas de la NASA, Robert Behnken y Douglas Hurley, despegaron en la nave Crew Dragon, de SpaceX, impulsada por un cohete Falcon 9, también de la compañía de Elon Musk.

Su destino era la Estación Espacial Internacional (EEI), donde está previsto que lleguen hoy domingo, después de un viaje de unas 18 horas.

El ambiente y la atención en EE.UU. era el de las grandes gestas espaciales, cuando desde la década de 1960, el país dominó esa carrera en competencia con los soviéticos y maravilló al mundo al colocar al primer hombre en la Luna. El vuelo de ayer tuvo el sabor añejo de aquella época dorada de la exploración espacial. La previsión meteorológica tuvo en vilo toda la jornada a los ingenieros de SpaceX y de la NASA, que ya tuvieron que suspender la primera fecha de lanzamiento, el pasado miércoles, por el mal tiempo.

El sábado parecía que se repetiría la historia, pero finalmente las nubes hicieron pasillo a la nave y al cohete, que ascendieron al cielo de Florida entre el júbilo de los asistentes. Despegó desde la misma plataforma que se usaba en las legendarias misiones Apollo y ascendió sin incidentes camino de la EEI.

Como en las películas viejas de aquella época, la gente se agolpó en las playas cercanas para ver la estela de humo y fuego que dejaba el Falcon 9, a pesar de las recomendaciones de las autoridades de que no hubiera grandes concentraciones por la pandemia de coronavirus. El presidente de EE.UU., Donald Trump, volvió a desplazarse a Florida junto al vicepresidente, Mike Pence, para ser testigo de un momento histórico.

«Gracias por poner a América otra vez en órbita espacial desde la costa de Florida», dijo Hurley desde la nave a los ingenieros de SpaceX, cuando ya flotaba en el espacio y desde su visor frontal se veía la tierra como una pelota azul cubierta de nubes.

Reivindicación patriótica

Fue un momento de gloria para SpaceX, un viaje que le cimenta como dominador de la industria privada del espacio y que pone más cerca el sueño de Musk de colocar un hombre en Marte. Pero fue también una reivindicación patriótica de EE.UU., la potencia económica, militar y tecnológica del mundo, en un año en el que no ha podido evitar que las más de cien mil muertes por el coronavirus y en un fin de semana con las grandes ciudades tomadas por las protestas violentas ante la muerte en Mineápolis de un hombre negro a manos de la policía.

Era, además, la primera vez que EE.UU. mandaba a astronautas al espacio desde su territorio en casi una década. El fin de la era de los transbordadores de la NASA, acelerada por el accidente del Columbia en 2003 —murieron siete astronautas—, forzó a EE.UU. a depender de las naves rusas Soyuz para enviar a sus astronautas a la EEI. Una empresa privada ha acabado con esa humillación y ha demostrado que puede trasladar a astronautas al espacio de forma segura. Y, además, con innovaciones técnicas, como la recuperación de los cohetes que se usan para propulsar las naves. El Falcon 9 se despegó del Crew Dragon y aterrizó con placidez en una plataforma en el océano Atlántico.

Douglas Hurley y Robert Behnken antes del despegueDouglas Hurley y Robert Behnken antes del despegue – Reuters

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