Posted on March 16, 2020, 11:19 pm
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El día de su segunda boda, Jacqueline, de soltera Bouvier y de viuda Kennedy, agregó un nuevo y poderoso apellido: Onassis. Por su parte, su segundo marido, el magnate griego Aristóteles Onassis, -este domingo se cumplieron 45 años de su desaparición- conseguía la posición social que tanto se le había resistido. Era 20 de octubre de 1968 y muchos se preguntaban cómo se había permitido que todo aquello ocurriese.

Rebobinemos. En 1953, Jackie se casó con John F. Kennedy, futuro presidente de los Estados Unidos, asesinado el 22 de noviembre de 1963. Ella y su vestido manchado con la sangre de su marido se convirtieron en un símbolo y Jackie Kennedy se convirtió en la protegida de todo un país.

Y mientras el mundo se fijaba en la familia Kennedy y en sus desgracias, tan habituales que todavía hoy se cree que la familia estaba maldita, nadie reparaba en Aristóteles Onassis, paradigma del hombre hecho a sí mismo. Procedente de una familia griega de clase alta dedicada a la industria del tabaco en la ciudad turca de Esmirna, Onassis perdió su posición tras la derrota griega en su guerra con Turquía en 1922. Fue repatriado con su familia a Grecia.

Onassis no tardó en encontrar una joven digna de convertir en su esposa: Athina Mary Livanos, una griega hija del también empresario naviero Stavros Livanos. El matrimonio tuvo dos hijos, Alexander y Cristina, y en 1960 -tres años antes de que Jackie enviudase- llegó el divorcio, cuando el «affaire» entre Aristóteles y la soprano Maria Callas estaba en boca de todos.

Ocho años le duró la felicidad a Callas. En 1968, mientras los movimientos estudiantiles tomaban las calles europeas y la soprano reclamaba una y otra vez oficializar su relación con el matrimonio, los caminos de la viuda Kennedy y Onassis se cruzaron. Y ese mismo año se celebró la boda que rompió el corazón a la artista.

El símbolo de la fortuna

Lo cierto es que Jackie Kennedy y Aristóteles Onassis se habían conocido ya. Fue a bordo de Christina O, el yate del armador griego, una embarcación de 100 metros de largo que compró por 4 millones de dólares. Contaba con 18 habitaciones, un jacuzzi, lámparas de cristal, picaportes de oro y cuadros de artistas como Miró o Renoir.

El yate de Onassis fue siempre el mejor ejemplo de su riqueza. De hecho, su matrimonio con Jackie Kennedy siempre se leyó en términos socioeconómicos, a saber: él quería un apellido que le diera estatus y ella una fortuna. El compromiso se cerró con un anillo de diamantes de cuarenta quilates. Y, por supuesto, el convite se celebró a bordo de Christina O.

Divorcio y herencia

Han pasado 52 años desde aquel 20 de octubre de 1968. La pareja contrajo matrimonio en la isla Skorpios (Grecia). La novia cambió el vestido de encajes recargado de su primera boda por uno más sencillo en color marfil diseñado para ella por Valentino. Como todo ornamento, se coronó con azahar, como manda la tradición en una ceremonia ortodoxa griega. A la celebración asistieron 40 invitados, y no faltaron ni los hijos de Jackie, Caroline y John Jr, ni los de Aristóteles, Alexander y Christina, que no veían con buenos ojos el segundo matrimonio de su padre.

Pero lo que no mostraban las imágenes de sonrisas y alegría era el contrato prenupcial. 170 cláusulas que regían el reparto de los bienes en caso de divorcio, como que ella se quedaría con un tercio de la fortuna del armador, que podía vivir sola y, por supuesto, que mantendría el apellido Kennedy.

En realidad, que Jackie perdiera o no el apellido de su primer marido poco importaba. La sociedad estadounidense no volvió a mirarla con los mismos ojos, se había casado con un hombre divorciado, ostentoso y mujeriego. La viuda perdió su prestigio y ganó una vida conyugal llena de baches que generaba llamativos titulares, como que Jackie mandaba a diario el avión personal de Onassis a una isla a 300 kilómetros de Skorpios para desayunar el pan que le gustaba.

Sea porque se cansó del alto nivel de vida de su mujer, sea porque todavía no había olvidado su amor por María Callas, Onassis inició los trámites del divorcio. Un divorcio que no llegaría a consumarse porque, en mitad del proceso y a los 69 años, el armador griego fallecía de neumonía, dejando a Jacqueline Kennedy Onassis una herencia millonaria y un apellido más para su lápida.

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