Posted on June 10, 2020, 8:55 pm
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Parapetada en su gorra y el móvil, Lorena, de 38 años, atraviesa un parque de Madrid entre los árboles que, salpicados de blanco y rosa, ensayan la explosión de la primavera. Al mostrarle una imagen —una cabecita rosada con cuatro extremidades—, aventurar aquí la respuesta tiene toda la lógica.

—Eso es una flor, ¿no? ¿Del almendro?

Dos teleoperadoras pasan a su lado camino al metro. Una de ellas también cree ver una flor. Acarrean fiambreras, cansancio, prisa y más de 40 años. “Somos madres. Ahora empezamos la otra jornada”, se despiden al bajar las escaleras. A sus espaldas, un muchacho rubio con la cámara al cuello sentencia: “¡No sé, es como un tío despatarrado, con  colgando!”. Sus tres compañeros de clase —estudian Comunicación Audiovisual— ríen. Solo Candela, el pelo rizado, piercing en la nariz, no ha dudado:

—Es el clítoris.

La universitaria de 19 años lo reconoce, aunque nunca haya visto esta especie de horquilla doble en ninguna clase del instituto. “He investigado por ahí”, dice mirando al frente, quizá pudorosa ante la otra chica, que no tiene ni idea. Preguntes a quien preguntes, los veinteañeros siempre te responderán que si acaso les contaron cómo se engendra un bebé (y cómo no engendrarlo). Su escuela sexual ha sido el porno, los amigos y las redes sociales. Punto.

Mi primer encuentro con el clítoris ocurrió a los cuatro años. Con mi hermana, montaba a caballito las puertas de los armarios de la cocina. Abrir, cerrar. Ciento ochenta grados de movimiento y de repente… una sensación sublime. Aunque podría no estar contando esto. De tanto cabalgar, el inmenso mueble, repleto de cacharros, loza y cristal, se nos cayó encima. Todo se rompió menos nosotras. Mi madre amenazó con llevarnos al hospicio. Y eso que no sabía de mi eureka lúbrico. Por supuesto, en mi casa, la casa de un urólogo, el órgano nunca se mencionó.

Ese botoncito que despertó con mi travesura infantil, el glande del clítoris, es como un mascarón de proa allí donde el monte de Venus desciende hacia los labios mayores. Unos milímetros rosados y sensibles que todos creen que acaban ahí. Incluso los diccionarios. En realidad esta cabeza posee un cuerpo y cuatro anclajes que se hunden en la pelvis, invisibles. Esta especie de pirámide se esponja con la excitación y mide alrededor de 10 centímetros.

Las mujeres tenemos el privilegio de poseer el ­único órgano humano con la exclusiva función de ­procurar goce. “El pene sirve también para la emisión de orina y la procreación. Pero el clítoris solamente existe para el placer, lo cual lo hace muy interesante”, dice la ginecóloga Reyes López. Interesante además porque ofrece un disfrute supremo: “Me fascina que las terminaciones nerviosas que tiene por milímetro cuadrado son muchísimo más numerosas que las del glande del pene”. El doble exactamente: 8.000. Una densísima maraña eléctrica lista para encenderse hasta alcanzar el orgasmo.

Tan precioso rincón del cuerpo ha sido olvidado, repudiado, menospreciado y, aún hoy, mutilado. Todo un símbolo de la historia femenina. Lo resume la mujer que probablemente más ha ahondado tanto en la historia como en la anatomía del clítoris, la uróloga australiana Helen O’Connell, quien en 1998 lo iluminó con la luz de la ciencia: “Hemos negado completamente su significado como órgano, lo hemos extirpado deliberadamente”, cuenta con vehemencia desde su consulta de Melbourne, vía Skype. “La sexualidad femenina ha estado encerrada en la vergüenza y la ignorancia desde el principio de los tiempos. Por tanto, no es sorprendente que la gente no conozca su anatomía. Es nuestra herencia cultural”, insiste.

La sexóloga Laura Morán, autora de Orgas(mitos), mantiene que la mayoría de mujeres, un 70%, no lo conoce realmente. “Solo la puntita”, dice, “y a veces no lo tienen claro”. Cuando su colega, la también ginecóloga Francisca Molero, empezó a ejercer hace casi 40 años, la mayoría de las mujeres que veía en consulta no tenían orgasmos. “Disfrutaban, pero no se tocaban, y los otros no sabían dónde tocar”. La hoy presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología constata que el goce femenino, en contraposición al masculino, sigue en mucha mayor medida envuelto en dudas. Es obviado incluso en las obscenidades, como destaca la profesora británica Kate Lister en A Curious History Of Sex. “Ignorar el placer clitoridiano”, dice, “está entretejido en el genuino lenguaje sexual”.

Indagar en la elusiva biografía del clítoris puede bajar la libido. Quinientos años antes de Cristo, el poeta Hiponacte de Éfeso lo bautizó con el nombre de la baya violácea del mirto. Es la primera mención que ha encontrado la investigadora e ingeniera francesa Odile Fillod, que creó en 2016 un modelo en 3D del clítoris que se puede descargar e imprimir desde su web. Señala que fue el gran ginecólogo de la Antigüedad Sorano de Éfeso quien lo describió así en el siglo II: “Esta pequeña formación carnosa se disimula bajo los labios como las novias se ocultan bajo el velo”. Por eso la denominó “ninfa”. Su coetáneo Galeno pensaba que su función era ayudar a mantener el útero caliente. Sorano causa escalofríos cuando detalla cómo hacer una ablación en caso de encontrar una “ninfa masculinizada”, más grande, a la que se le atribuyó casi hasta nuestros días ser causa de lesbianismo y de apetito sexual desmesurado. Médicamente, la hipertrofia de clítoris es una dolencia rara, pero las abundantes alusiones en los textos históricos denotan una obsesión cultural. “Dada la fascinación por rebanar los ‘clítoris ofensivos’, quizá no sea extraño que el pobre órgano haya tratado de esconderse a lo largo de la historia”, escribe Lister. En el siglo XVI, tres anatomistas italianos, Eustachi, Colombo y Falopio, publican las primeras descripciones de su parte oculta. Georg Ludwig Kobelt lo dibujó profusamente en el siglo XIX pero sin considerar todas sus partes como un solo órgano.

Sigmund Freud proclamó en 1905 que el placer clitoridiano era propio de una sexualidad inmadura y que con la evolución psíquica de las jóvenes se transformaba en vaginal. Un mensaje que caló en las décadas posteriores en los terapeutas psicoanalíticos. El famoso biólogo Alfred Kinsey, en los años cincuenta, ya señala que la vía principal de placer femenino es la estimulación del clítoris, algo refrendado posteriormente por Masters y Johnson, la pareja que describió las fases de la respuesta sexual humana.

Quien vino a atar los cabos fue O’Connell, la primera mujer uróloga australiana, enervada por la ausencia del órgano en el libro con el que preparaba su examen de cirugía. “Eso me dio una pista de que podría existir un problema mayor y comprobé que efectivamente lo había”, cuenta desde Melbourne, donde es jefa de cirugía y urología en un hospital público del Estado de Victoria. “Muchos tratados modernos tenían errores manifiestos o carencias”. Por tanto, los médicos crecieron viendo en los atlas de anatomía clítoris rebajados al glande, junto a páginas y páginas con penes diseccionados en todas las capas y ángulos posibles. Algunos aspirantes ni lo estudiaron porque no estaba. Por ejemplo, el legendario tratado Anatomía de Gray (cuyo nombre inspira el de la conocida serie sobre médicos) con el que siguen instruyéndose los estudiantes lo hizo desaparecer en su edición de 1947. El clítoris ha protagonizado la tesis doctoral de O’Connell y gran parte de su carrera. En el artículo publicado en The Journal of Urology en 1998 incluye en el órgano el tejido eréctil que envuelve la uretra y la vagina (los bulbos cavernosos), y describe la riquísima inervación y vascularización del órgano, fundamental para preservar su integridad al practicar cirugías. El estudio sugiere que el famoso y placentero punto G es en realidad el tejido del clítoris, anejo a uretra y vagina.

“No es sorprendente que no se conozca la anatomía del clítoris. Es nuestra herencia cultural”

Entrevista con la uróloga australiana Helen O’Connell, que en 1998 describió la estructura completa del órgano

La uróloga australiana sigue investigando. También Pierre Foldes, el cirujano francés que inventó la técnica para devolver el placer a quienes se lo han arrebatado. Esos 200 millones de mujeres de 30 países, la mayoría africanos, que han crecido sin clítoris, incluso con los genitales cosidos. Mutiladas en su infancia, arrastrando dolor, incontinencia, infecciones. A veces, abocadas a morir en nombre de la pureza.

 

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