Posted on December 23, 2019, 11:51 am
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No todo fue un camino de rosas en el romance que mantuvieron Luciano Pavarotti y Nicoletta Mantovani. Más allá del escándalo con Italia dividida acerca de la relación entre el tenor y su secretaria 34 años menor que él, padecieron verdaderas jugarretas del destino. Cuando apenas empezaban a estar juntos, hacia 1994, a ella le diagnosticaron esclerosis múltiple en una época en que apenas se conocían a fondo las consecuencias de la enfermedad. Los médicos se mostraban tan cautos en sus previsiones que un buen día le dijeron a Nicoletta que no podría volver a jugar al tenis: “¿Qué hizo Luciano? Me regaló una raqueta y me dijo: ”vamos a ver…”.

Así era Pavarotti, según su viuda: “Allá donde le sorprendía la oscuridad, siempre encontraba una salida con luz”. Se lo comentaba a EL PAÍS este martes en Madrid, donde vino a presentar Pavarotti, el documental que ha rodado Ron Howard sobre su esposo, fallecido en 2007, con 71 años. “Cuando lo recuerdo siempre se impone la alegría contagiosa: era una persona que no hablaba mal de nadie, ni le interesaba el conflicto”.

Como prueba quedan los testimonios de las mujeres que lo rodearon. Pese a sus líos, pese a los divorcios, a sus escarceos y engaños, todas ellas hablan bien de él: esposas, tanto Mantovani como Adua Veroni; amantes, caso de la cantante Madelyn Renee, sus tres hijas mayores (Lorenza, Cristina y Giuliana), agentes, asistentes… Ninguna cuenta pendiente, ni una gota de rencor para un documental que bien pudiera titularse San Luciano. “Eso es bonito. Repartió tanto amor que es justo que reciba lo mismo a cambio. Aunque entre nosotras las relaciones no sean perfectas, me parece justo que su figura y su recuerdo produzca eso”, asegura Mantovani.

Nicoletta Mantovani, en el cine Verdi de Madrid, el martes.
Nicoletta Mantovani, en el cine Verdi de Madrid, el martes. PABLO CUADRA WIREIMAGE

Las cuentas parecen saldadas en la familia. Tras el reparto por la mitad de una herencia que se valoró en 200 millones, no es que vayan a pasar juntos estas próximas fiestas, pero en su recuerdo han vencido los buenos momentos frente a los disgustos. Y eso que los tuvo malos, incluso desde la infancia. Su historia podría ser un buen argumento para Rossellini o Vittorio de Sica: un niño de la guerra, hijo de un panadero tenor que le contagió la pasión por el canto convertido en la alegría, no solo de su casa, sino de todo el edificio donde fue a parar nada más nacer en Modena: “Fui el primer niño que entraba por el portal en seis años”. Lo cuidaba la familia y los vecinos como un tesoro que se impone al eco de las bombas. “Eso no impidió que fuera espabilado”, asegura el propio Pavarotti en el documental.

Como los peligros y los virus acechaban, cayó enfermo de meningitis. Casi muere: “Eso fue algo crucial para él”, asegura Mantovani. “Al salir del hospital, se juró no desperdiciar ni un minuto de su vida. Veía el mundo con ojos de niño. Se fiaba de la gente y se apasionaba por todo. Su secreto fue saber transmitir todo eso al público. Esa huella pervive, lo sigue consiguiendo. Mucha gente todavía se conmueve con él”.

La visión idílica de su leyenda recorre el documental. ¿Demasiado idílica? “Entiendo que esa faceta positiva choque un poco hoy”, dice Mantovani. “Vivimos una época de división. Y eso ha producido miedo generalizado, al menos en Italia: ¿Por qué estamos todos tan asustados? No conocemos al vecino, si sustituyéramos ese pavor por curiosidad hacia el prójimo nos iría mejor. En este mundo en que nos criticamos con tanta dureza desde las pantallas, Luciano representaba una verdad opuesta. Eso no es santificarlo, sino resaltar sus virtudes positivas”, dice su viuda.

Luciano Pavarotti, en Illinois (EE UU), en agosto de 1984.
Luciano Pavarotti, en Illinois (EE UU), en agosto de 1984. PAUL NATKIN GETTY IMAGES

Para ejemplo íntimo, el de la propia Mantovani. Estar a su lado cuando le diagnosticaron su enfermedad marcó su forma de enfrentarse a ella: “Estar a su lado, me ayudó a afrontarla como una lucha para crecer internamente. Me animaba a encarar todo desde otro punto de vista. Que lo importante en la vida no es estar de pie sino levantarse cuando caes. Esto me ha quedado como enseñanza para el resto de mi vida. En cualquier momento crudo, encontraba el camino correcto. Fue un gran maestro de vida, un verdadero tutor”.

No cree que le cambiaría el carácter ni los disgustos que pudieran provocarle figuras como el siniestro Salvini. Pero una cosa le queda clara a su viuda. Para él, sería un problema aceptarlo: “Lo veo más apoyando al movimiento de los sardinas, estos jóvenes que finalmente se oponen espontáneamente en las calles a la tendencia de ultraderecha, contra esta mentalidad que se basa en enfrentar a la gente y a destruirlo todo más que en unirla”.

Su sueño consistía en la democratización del arte y más concretamente de la ópera, algo que persiguió con los Tres Tenores —él, Josep Carreras y Plácido Domingo— o con iniciativas como Pavarotti and Friends, o colaborar con figuras del pop mundial. “Adoraba sus años de infancia, cuando la gente cantaba ópera en la calle. Al recluirla en los teatros, se volvió privilegio de solo un cierto tipo de público. Este documental va en esa dirección. Tiene un poco de master class. Busca que todo el mundo lo entienda y se interese por ello. Al menos a que se acerque, porque no podemos amar aquello que no conocemos previamente”, explica Mantovani.

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