Posted on December 06, 2019, 11:53 am
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Es viernes y Fateen, un chico sirio de 22 años, se descarga una aplicación para ligar con otros gays, esperando encontrar conversación con algún chico de la zona. Trata de controlar la ansiedad que le produce la situación y con el rabillo del ojo está pendiente de la llegada de su hermano, con el que comparte habitación en una casa de acogida en Souk el Gharb, a veintitrés kilómetros de la capital del Líbano, Beirut.

Abrir cualquier aplicación de esta índole en la zona es como adentrarse en campo enemigo a cara descubierta y sin protección. Sin embargo, hace tanto tiempo que no lo intenta que se ha olvidado de que el Ministerio de Telecomunicaciones libanés tiene prohibido el uso de Grindr (una conocida aplicación móvil) desde enero de 2019, y una mezcla de frustración y tranquilidad le hacen guardar el teléfono de nuevo en el bolsillo. «Hay formas de burlar la seguridad, aplicaciones que modifican tu IP para tener acceso a Grindr, pero sinceramente, después de lo que ha pasado en Egipto, me da miedo lo que pueda hacer el gobierno», asegura Fateen, que ya se muestra bastante escéptico con la posibilidad de encontrar pareja. Hace pocos años, el Gobierno egipcio hizo uso de esta herramienta para localizar a gays y lesbianas, con la intención de capturarlos y condenarlos por «conducta inmoral».

En el Líbano, las realidades LGTBI son tan dispares que podría decirse que es uno de los países más liberales de la comunidad árabe, sin que ello exima de la existencia de un estancamiento en la evolución de los derechos humanos. La línea que separa cultura y religión, cuya presencia es inexorable en la política del país, se diluye en una sociedad a caballo entre el aperturismo y la tradición. El Líbano cuenta con 18 confesionalidades reconocidas, muchas de ellas derivadas del cristianismo y del Islam, lo que explica el poco calado de las ideas liberales en los territorios rurales.

La batalla es aún más complicada para el gran número de inmigrantes sirios que ha llegado durante la última década. El talante con el que Fateen hace frente a esta reivindicación no es más que un ejemplo de la doble carga que muchos refugiados LGBTI deben asumir: «Es muy complicado conseguir un trabajo siendo sirio, hay una especie de racismo hacia los que hemos venido de fuera. No tengo pasaporte sirio porque no me presenté al servicio militar y, por consiguiente, aquí tampoco tengo documentación».

A su corta edad, el pasado que arrastra Fateen no ha conseguido ensombrecer ni una pequeña parte de su personalidad. Sigue siendo un chico risueño, alegre y con aficiones tan inofensivas como la fotografía. De hecho, el tono de su voz se vuelve aún más tierno recordando los días en que su madre estaba a cargo de él y de sus siete hermanos: «Era una de las personas más luchadoras que he conocido. Mi padre la dejó sola y ella seguía cuidando de todos nosotros, del huerto, de los animales y de la casa. Un día se cortó con un cuchillo oxidado mientras cocinaba, y la situación se complicó tanto en el hospital que acabó falleciendo». Hoy en día, la vida de Fateen es un libro lleno de secretos que pocas personas conocen. Nadie sabe de su sexualidad, por mucho que haya podido ver a otros homosexuales compartiendo su vida abiertamente. «Uno de mis profesores es gay y lo dice en sus redes sociales, pero pasa la mitad del tiempo fuera del país y tiene suficiente dinero como para estar a salvo, no es lo mismo».

El escenario LGTBI del Líbano ofrece una realidad a la que acercarse desde puntos de vista muy diferentes. Las manifestaciones se suceden año tras año, el Orgullo Gay de Beirut batalla -todavía sin éxito- por superar la censura de los gobernantes, los locales de ambiente se visitan como si formaran parte de una cultura underground, pero existen y son un oasis de libertad para muchos. A pesar de las leyes que condenan y penalizan las relaciones homosexuales, la capital es el epicentro de una candente revolución en silencio. Un grito albergado durante muchos años en el corazón de los libaneses, que forma parte del estertor que agita las calles de Beirut en las protestas de los últimos días.

Sin embargo, los libaneses que forman parte de la comunidad LGTBI participan en un baile de máscaras en el que la apariencia sigue siendo una salvaguardia de la dignidad. En el Código Penal Libanés abundan los artículos susceptibles de ser interpretados de forma que justifiquen la criminalización del colectivo. Los artículos 531, 532 y 533 velan por la «ética y moral públicas». El artículo 526 castiga la «incitación al libertinaje», mientras que el artículo 534, el más polémico de todos, condena «cualquier acto sexual contrario al orden natural». Ninguno de estos supuestos es explicado en detalle dentro del documento, lo que permite que jueces y policías juzguen cada situación desde una subjetividad alarmante. Los espacios públicos para el debate sobre las libertades sexuales son inexistentes en el país. Algunos encuentros sobre libertad e igualdad, como la conferencia NEDWA, fueron disueltos el año pasado por el gobierno sin justificación alguna. La política avanza a pasos anodinos, mientras el tiempo se escapa para las generaciones más jóvenes, que no quieren esperar ni un minuto más para la transformación.

Los transexuales, excluidos

El año pasado, el Observatorio de Derechos Humanos (Human Rights Watch) documentó, a través de 55 entrevistas a mujeres transexuales residentes en el Líbano, cómo los abusos de las fuerzas militares en las calles del país se cometían sin ningún tipo de filtro. Mirna, una mujer siria transexual de 22 años, describe el encuentro sucedido en mayo de 2017 cuando caminaba con su primo. «Pasábamos por delante de una base militar en Jounieh (norte del Líbano). Un militar nos llamó y cuando me acerqué me dijo, pensaba que eras una mujer. Rebuscaron en mi bolso y encontraron un cargador de móvil rosa. ¿No tienes suficiente con tener pinta de maricón, sino que encima llevas un cargador rosa?, me dijo. Me llevaron dentro y registraron mi móvil. Cuando el militar encontró una foto mía con los labios pintados me dio con toda la mano abierta en la cara. Su mano era del tamaño de mi cara y el golpe me dejó el cuerpo entero en shock».

Los partidos políticos que manifiestan su apoyo al colectivo LGTBI solamente hacen alusión a los derechos de los homosexuales. La comunidad transexual está excluida de cualquier consideración dentro de la lucha por los derechos humanos e incluso dentro de la revolución feminista, siendo condenados a un ostracismo forzado que complica aún más las posibilidades de una vida digna.

Algunas de ellas luchan encarecidamente de forma visible y son los agentes más disruptivos y molestos para el conservadurismo libanés. Sasha Elijah es una mujer cuya carrera está marcada por el largo camino que ha tenido que pasar para poder definirse sin miedo como modelo y transexual. Ha sido insultada, golpeada, amenazada de muerte y encarcelada; pero, sin quererlo, se ha convertido en uno de los referentes en la lucha por la visibilidad de las personas transexuales. «No tengo miedo de mostrar quién soy, especialmente en este país. Quiero que la gente sea consciente de cuál es la situación de las transexuales».

Por mucho que comiencen a ondear banderas de colores por la ciudad de Beirut, entre algunos círculos como el de Fateen, aún se necesitará una nueva revolución que consiga desestigmatizar la homosexualidad. «Aquí la palabra gay se utiliza como un insulto. Sería imposible que se lo contara a nadie», confiesa. En una ocasión, su hermano encontró en el historial de búsquedas de su ordenador la palabra «gay». Desde entonces comparten un secreto que, lejos de construir una relación de confianza, ha derivado en ataques continuos de su hermano para tratar de controlar su sexualidad a base de golpes.

Tras varias semanas después de la entrevista con Fateen, en una nueva comunicación relata alegremente que ha logrado hacerse con un pasaporte libanés desembolsando once mil dólares, gracias al préstamo que le han realizado algunos de sus amigos y el orfanato en el que vive. Sus lejanos deseos de comenzar una vida libre de ataques y de intolerancia comienzan a adquirir tintes de realidad. Quizás por eso, lejos de evocar un sentimiento de pena, Fateen ha tratado siempre de demostrar que hay voluntades que ni la política ni la cultura pueden frenar.

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