Posted on September 08, 2019, 3:36 pm
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En los anaqueles de las boticas de antaño podíamos encontrar botámenes de cerámica y vidrio, retortas y calabazas, pildoreros, morteros, balanzas, almireces y cajas de madera. En perfecto orden el farmacéutico guardaba medicinas, elixires y ungüentos, algunos que ellos con un discutible valor curativo.

Corría el año 1560 cuando el diplomático francés Jean Nicot (1530-1600), que por aquel entonces era el embajador galo en Lisboa, envió una carta a la reina Catalina de Médicis, junto a una muestra de tabaco.

En su epístola describía los «probados» usos medicinales de esta planta procedente del Nuevo Mundo. En agradecimiento a esta encomiable labor terapéutica, durante algún tiempo el tabaco se conoció como herbe á la reine, herbe á Nicot o, simplemente, nicotina. Hubo que esperar a 1737 para que el botánico sueco Linneo la bautizara definitivamente como Nicotiana tabacum.

La planta del tabaco fue considerada por los europeos como la panacea, se empleó durante siglos para tratar el dolor de cabeza, el resfriado, la inflamación de los ganglios linfáticos del cuello y un sinfín de dolencias más.

La cerveza Guiness, remedio para embarazadas

Durante siglos la cerveza se ha usado como complemento terapéutico para muchas enfermedades. Cuando en 1759 el cervecero Arthur Guinness elaboró por vez primera su mítica cerveza negra –stout– no podía sospechar que algún tiempo después sería administrada en los hospitales por su «contrastado» valor medicinal.

Bajo prescripción médica la cerveza Guinness se administraba a las parturientas y a los donantes de sangre, por considerarla un excelente suplemento férrico.

Además, tenemos constancia de la compra de partidas de cerveza en hospitales ingleses para dispensarlo a los enfermos ingresados por dolencias de lo más dispares. Es más, en 1708 la dirección del hospital de Greenwich, descontenta por la calidad de la cerveza que le suministraban sus proveedores, suspendió el contrato y comenzó a fabricar su propio «zumo de cebada».

Los «efectos secundarios» de la masturbación

A comienzos del siglo pasado el doctor Harvey Kellog (1852-1943) comercializó sus célebres copos de maíz, pero no lo hizo para mejorar los desayunos de los norteamericanos, sino para prevenir los efectos secundarios de la masturbación masculina.

Por aquel entonces algunos sectores de la comunidad científica pensaban que el onanismo podía provocar molestias musculares, atrofia articular, debilidad, epilepsia… Se atribuían a la masturbación hasta 39 enfermedades diferentes.

Los Corn Flakes se vendían en las farmacias junto a la Coca-Cola, bebida que fue promocionada inicialmente como «tónico cerebral y estimulante nervioso». Entre sus múltiples indicaciones terapéuticas se encontraba la migraña, la histeria y las neuralgias. Su invento se lo debemos a un farmacéutico –John S Pemberton– al que no le tembló el pulso al incluir en su fórmula inicial nueve milígramos de cocaína.

Heroína, a la venta en boticas

Ahora puede sorprendernos pero hasta hace relativamente poco tiempo en las boticas era relativamente sencillo hacerse con drogas. Por ejemplo, hasta 1913 en las farmacias españolas se vendía «jarabe de heroína», un eficaz remedio contra la tos y el dolor articular.

Este remedio compartía anaquel con otro antitusígeno, las reputadas pastillas de allenburys, elaboradas en el Reino Unido y en cuya composición se incluía mentol, eucalipto y cocaína. No deja de ser curioso que se recomendara no consumir más de una pastilla cada seis horas, ante el temor de que aparecieran efectos secundarios derivados del… mentol.

También disfrutaba de un cierto atractivo entre la población las pastillas de Gibson, unos comprimidos que de forma milagrosa combatían la irritación de garganta, boca y bronquios. Entre sus componentes estaba el clorato potásico –un potente antiséptico– y la cocaína.

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