Posted on August 15, 2019, 9:25 pm
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Cuando Aretha Franklin vino por primera vez a actuar en lo que en aquella época se conocía como «el Broadway negro» de Washington, la diva en ciernes llegó a una ciudad con las heridas de la segregación racial todavía abiertas. Las salas de conciertos en las que la cantante dio a conocer su portentosa voz aún eran refugios para personas de raza negra, cuya entrada a barrios enteros de la capital estaba vetada tras décadas y décadas de racismo.

Poco imaginaba entonces Franklin, descendiente ella misma de esclavos, que en vida llegaría a tener las puertas de la Casa Blanca abiertas de par en par para cantar ante presidentes, reyes y hasta el emperador de Japón, y que después de su muerte, de la que hoy se cumple un año, quedaría en la memoria colectiva de Estados Unidos como símbolo de la reconciliación racial y del gran valor cultural de la comunidad negra.

Tal es la importancia del legado de Franklin, apodada «reina del soul», que tras su muerte la Galería Nacional de Retratos de Washington, donde cuelgan lienzos con las semblanzas de todos los presidentes desde George Washington hasta Barack Obama, le reservó un espacio a un póster diseñado por Milton Glaser en 1968 con su perfil sobre su nombre de pila, «Aretha», a secas. Hace casi dos décadas, cuando la Biblioteca Nacional del Capitolio comenzó a incluir en sus archivos canciones populares, metió en la primera tanda de catalogaciones una de las interpretaciones por excelencia de la diva, su versión del sencillo «Respect».

Era una leyenda viva

Tampoco es que Franklin, como ha sucedido a otros artistas, haya recibido el reconocimiento tras su muerte. En sus últimos años era lo más parecido que había en EE.UU. a una leyenda viva. En 2008 fue invitada a cantar en la toma de posesión de Obama, primer presidente negro de la nación. La diva eligió «My country ‘tis of thee», un himno patriótico del siglo XIX.

Lejos quedaban aquellos años en que el padre de Aretha preparaba en secreto marchas a favor de los derechos civiles con el reverendo Martin Luther King y todavía más lejos aquella época en que su abuela, apodada «Big Mama», se rompía la espalda recogiendo algodón en el sur del país, como habían hecho antes sus padres, nacidos esclavos. Durante los ocho años de gobierno de Obama, Franklin fue invitada varias veces a cantar en la Casa Blanca, construida en su día por padres fundadores de la patria que tenían esclavos de su propiedad.

Hizo llorar a Obama

En uno de sus últimos recitales en la capital, en una gala del Centro Kennedy en 2015, Franklin entonó la canción «Natural woman» durante un homenaje a Carole King. Las cámaras de televisión captaron el momento en que Obama se secó una lágrima vertida por la emoción. Desde aquel momento a Aretha se la conoció como la diva que hizo llorar a un presidente.

En su dilatada carrera, Franklin no rehuyó la política. De joven actuó gratuitamente en marchas y protestas a favor de la igualdad racial. Fue invitada a cantar el himno nacional en la convención demócrata de 1968, en los convulsos años de la guerra de Vietnam y la revolución de la contracultura. Tanto Jimmy Carter como Bill Clinton la invitaron a cantar en las cenas de gala tras su toma de posesión. Y, aunque ella siempre se definió como votante demócrata, fue de un republicano, George Bush hijo, de quien recibió la máxima condecoración civil, la Medalla de la Libertad, en 2005.

Ni siquiera un presidente tan iconoclasta como el actual pudo resistirse a los encantos de una diva cuya fuerza arrolladora cautivó a toda la nación. La despidió como alguien «tremendo, extraordinario». Puede que sean las mejores alabanzas que Donald Trump haya dedicado a nadie desde la Casa Blanca.

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