Los estadounidenses están llamados a las urnas para escoger a un tercio de los miembros del Senado, renovar toda la Cámara de Representantes y elegir a 36 de los 50 gobernadores de los Estados. Pero toda la campaña ha girado en torno a Trump. La expectativa de participación masiva a cuenta del voto anticipado registrado (34,5 millones, un 50% más que en 2014, según la CBS) se lee como un indicio de movilización demócrata y la historia está de su lado: las legislativas suelen suponer un castigo al partido en el poder. Las últimas, de 2014, azotaron a Barack Obama. Los republicanos recuperaron el Senado y ampliaron su mayoría en la Cámara baja. Esta vez, las encuestas dan como favoritos a los demócratas para hacerse con esta última, pero lo tienen difícil en el Senado.

TRES ESCENARIOS, UNA POSIBILIDAD DE ‘IMPEACHMENT’

El miércoles habrá tres posibles escenarios. Uno, que los republicanos logren mantener el control de todo el Congreso, lo cual sería la debacle demócrata. Otro, la más probable según los sondeos, que los demócratas recuperen la Cámara de Representantes pero no consigan el Senado. Eso traería problemas para Trump: los congresistas podrían iniciar investigaciones sobre sus negocios o impulsar un proceso de destitución (impeachment) del presidente en función de los resultados de la investigación de la trama rusa (la injerencia del Kremlin en las elecciones de 2016 y la posible connivencia del entorno del presidente). Pero carecería de los dos tercios del Senado necesarios para confirmar ese cese. El tercer escenario, la victoria demócrata en todo el Congreso, supondría un terremoto político y para los republicanos una revelación: asociarse a la marca Trump ya no vale la pena.

El resultado es crucial dentro y fuera del país. En poco más de año y medio en la Casa Blanca, Trump ha impuesto un orden disruptivo. A escala internacional, ha roto con todos los grandes pilares de la política exterior de Barack Obama y se ha divorciado de sus viejos aliados. En la economía, ha aprobado la rebaja de impuestos más aguda desde Reagan y puesto en marcha una guerra comercial con la segunda potencial mundial, China. A nivel social, ha roto todos los códigos no escritos de la política, ha normalizado el insulto público, ha equiparado a neonazis con activistas contra el racismo y ha tratado de recortar derechos al colectivo LGTB. Un cambio de mayoría en las cámaras legislativas supondrá un contrapeso al poder presidencial y maniatará parte de su agenda.

A Trump y los republicanos les sonríe la economía, en medio del que puede ser el ciclo expansionista más largo desde que se tienen registros, pero tal vez por aquello de que las buenas noticias movilizan mucho menos que las malas, el presidente ha fiado el fuerte de su campaña al discurso contra la inmigración y escogido como ogro la caravana a de miles de inmigrantes centroamericanos que trata de cruzar México para llegar a Estados Unidos, el país con pleno empleo. “Si quieren más caravanas y más crímenes, porque lo uno va con lo otro, voten a los demócratas; si quieren fronteras fuertes y comunidades fuertes, voten a los republicanos”, exclamó el domingo en Chattanooga.

Ha tirado, en resumen, del manual que le dio la victoria en las presidenciales, pero con un nuevo y sabroso ingrediente: su poder ejecutivo. En los últimos días se ha despachado con una batería de anuncios con aspecto de pura improvisación: ha amagado con acabar con la concesión de ciudadanía de todo aquel nacido en EE UU, algo de dudosa constitucionalidad que difícilmente podría llevar a cabo como orden presidencial; ha prometido una nueva rebaja de impuestos a las clases medias sin ningún detalle y ha enviado a la frontera sur a 5.200 soldados en activo, una cantidad similar a los desplegados en Irak, con el argumento de protegerse de la famosa caravana.

Los demócratas han intentado a duras penas que esta ofensiva no determine el tono de la campaña, pero Trump ha marcado la agenda informativa en los medios y relegado a un segundo plano otros debates, como los problemas del sistema sanitario estadounidense y todo lo derivado de las desigualdades, en los que sí puede salir vencedora la campaña demócrata.

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