Posted on November 11, 2020, 12:30 pm
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Muchos españoles se escandalizaron el pasado 16 de agosto cuando se produjo la concentración negacionista en la madrileña plaza de Colón. «La pandemia es una farsa» y «son todo invenciones», gritaban los miles de asistentes que criticaban las distintas medidas antiCovid impuestas por el Gobierno. Todo ello sin mascarilla y sin guardar la distancia de seguridad en pleno repunte de contagiados por el coronavirus. «Reclamamos las libertades que el Gobierno nos está quitando con la excusa de un supuesto virus que ya no produce fallecidos», explicaba también la portavoz del colectivo StopConfinamiento.

La Organización Médica Colegial (OMC) había comunicado al Gobierno que el acto era «un atentado contra la salud pública», pero a nadie le importaba eso allí. Y, sin embargo, más peligroso resulta cuando quien niega la pandemia o ataca las medidas impuestas para prevenirla son los mandatarios de las principales potencias del mundo. «La gente está cansada del Covid. Está cansada de escuchar a Fauci y a todos esos idiotas», declaró este martes Donald Trump, en referencia al principal responsable de la lucha contra el coronavirus en Estados Unidos, Anthony Fauci, y al resto de expertos sanitarios del país. «Fauci es un desastre. Si le hubiera escuchado, tendríamos ya 700.000 u 800.000 muertos», insistía el presidente.

Una actitud muy parecida fue la que tuvo al principio el primer ministro británico, Boris Johnson, hasta que se contagió y tuvo que recular en sus declaraciones públicas, y la que tiene aún hoy en día el presidente de Brasil. Este último, muy criticado fuera de su país, ha seguido dando mítines, abrazando a sus seguidores, asegurando que quedarse en casa «es de débiles» y anunciando que «la vacuna no será obligatoria y punto», después de haber dado positivo él mismo.

«Espinacas, ajo, limón y aceite»

Los negacionistas con respecto a ciertas enfermedades y pandemias no nacieron, sin embargo, con el Covid-19. Existían mucho antes de las polémicas declaraciones de Miguel Bosé criticando todas y cada una de las evidencias científicas sobre el actual virus. Los hubo con la viruela, con el ébola y, más sorprendente aún, todavía los hay con el sida en Sudáfrica, siendo dos de sus máximos representantes el expresidente del Gobierno y la que fue su ministra de Salud.

Manto Tshabalala-Msimang, exministra de Salud en Sudáfrica
Manto Tshabalala-Msimang, exministra de Salud en Sudáfrica

«Puedes opinar que el Gobierno podría haberlo hecho mucho mejor en el caso del coronavirus, pero, claro, no puedes negar los hechos, es de tontos. Los negacionistas niegan lo evidente. Y es cierto que los tres mil que fueron a Colón no tienen ninguna influencia ni pueden poner en cuestión nada, pero posturas como la suya sí que pueden llegar a ser preocupantes si algún dirigente se apodera de estos argumentos para hacer política o dinero, tal y como ocurrió con el Gobierno de Sudáfrica entre 1999 y 2008, que llegó a asegurar y a animar a la población a curar el sida con remolacha, espinacas, ajo, limón y aceite», cuenta a ABC el conocido divulgador científico Manuel Toharia.

En concreto, el presidente Thabo Mbeki se negó a suministrar antirretrovirales a los enfermos de sida, por considerarlos un «veneno» producto de la codicia de las empresas farmacéuticas occidentales. Sin embargo, estudios recientes han estimado que esta posición negacionista de su Gobierno causó 365.000 muertes durante sus nueve años de gobierno. Y eso que no le faltaban datos por entonces, puesto que en aquella época el mundo ya había superado los 25 millones de fallecidos a causa de esta enfermedad.

La «Doctora Remolacha»

La ministra de Salud sudafricana, Manto Tshabalala-Msimang, que antes ya había ejercido como viceministra de Justicia, siguió promoviendo el consumo de todos esos productos de huerta, más la papa africana, papa africana en lugar de los medicamentos antirretrovirales, como único remedio para curar el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida). Y, mientras, en los medios de comunicación predicaba convencida que esta enfermedad no estaba causada por el virus VIH, como afirmaba ya desde hace años la comunidad médica y científica internacional. Desde entonces se la empezó a conocer como la «Doctora Remolacha».

La polémica no detuvo a la ministra ni al presidente, que durante años siguieron acusando a los científicos que asociaban el sida con el VIH de «racistas». En el año 2000, incluso, organizaron un grupo de consulta sobre esta enfermedad, que atrajo a científicos respetados como Peter Duesberg y Harvey Bialy. Todo ellos, por supuesto, supuestos expertos que negaban que el virus fuera la causa del sida, que por aquel entonces ya llevaba dos décadas causando estragos en el mundo, con víctimas tan célebres como Freddy Mercuty y John Hudson.

Las pruebas científicas ni el aumento de los muertos hicieron retroceder al Gobierno. Siguieron argumentando que aceptar la sabiduría convencional de Occidente sobre el sida era absurdo e ilógico. Pero lo más curioso es que dentro de estos negacionistas del sida, había también diversidad de opiniones. No todos negaban lo mismo ni se movían por los mismos intereses. El Grupo Perth con la doctora en Física Nuclear Eleni Papadopulos-Eleopulos al frente, por ejemplo, rechazaba directamente la existencia del virus. Y el biólogo molecular y experto en retrovirus, Peter Duesberg, creía que el VIH no era el responsable de la enfermedad.

Las divergencias entre los negacionistas

Hace cuatro años, Mbeki reavivó la polémica en un artículo titulado «Breve comentario sobre el problema del VIH y el sida», en el que intentó justificar la postura negacionista que había mantenido durante su mandato sobre la enfermedad. «Nunca dije que el VIH no causara el sida. Fue una acusación infundada de aquellos que se beneficiaron de proclamar que sí lo hacía como si fuera un dogma religioso. El sida es un síndrome, es decir, un conjunto de enfermedades conocidas, y yo dije que ¡no pueden ser causadas todas por un solo virus!», declaró. Para apoyar su postura compartió un informe de la agencia sudafricana Stats SA, según el cual, en 2006, el VIH fue la novena causa de muerte en su país aquel año.

«Por suerte, ningún país siguió su postura en aquellos años. Todo el mundo se puso en contra de Mbeki e intentó convencerle, aunque es verdad que acabaron enfermando y muriendo muchas personas», añade Toharia, que insiste en la evidencia: «No podemos ser escépticos con un aparato de 500 toneladas que vuela a 10 kilómetros de altitud porque lo hemos visto». El caso del sida, la evidencia es mucho más dramática: hasta el día de hoy ha matado a más de 35 millones de personas en todo el mundo.

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