Posted on October 19, 2020, 10:23 am
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A veces, muchas más de las que nadie podría imaginar, el tiempo otorga una pátina de epicidad a sucesos que podrían definirse más bien como una suerte de catastróficas desdichas. El asalto al palacio de Invierno por los bolcheviques de Vladimir Lenin el 7 de noviembre de 1917 (8 de octubre según el calendario juliano), plato principal de la Revolución rusa, ha sido uno de ellos. La caída de Alexander Kerensky y la toma del que era, por entonces, el símbolo de factode su Gobierno provisional no estuvo acompañada de redobles de tambor ni miles de banderas con la hoz y el martillo ondeando al viento. Para nada.

Según explica el historiador Victor Sebestyen en «Lenin: una biografía» (Ático de los libros, 2019), lo que se vivió aquella jornada se corresponde más bien con el caos. En sus palabras, el asalto fue tan chapucero que dos periodistas estadounidenses «llegaron al edificio paseando durante la tarde sin que nadie los detuviera», cuando el edificio todavía no había sido conquistado por las tropas bolcheviques. Les recibieron sirvientes del palacio quienes, ataviados con sus características chaquetas azules, les hicieron una ruta turística por las estancias. Pronto se unieron a la comitiva varios cadetes de la escuela militar, quizá ansiosos de tener su minuto de gloria.

Uno de los mencionados reporteros era el famoso John Reed, fallecido el 19 de octubre de 1920, hace ahora un siglo. La segunda, su esposa, Louise Bryant. Dos testigos de excepción del levantamiento bolchevique y, en la práctica, los grandes cronistas de la revolución.

Reed
Reed

Aquel día, clave para el devenir de la Unión Soviética, ambos describieron, con pelos, señales y pluma, cómo se vivieron los soldados el asalto en las tripas del palacio de Invierno. Periodismo de guerra; o casi. Aunque para el estadounidense, entonces de apenas treinta primaveras, no era algo nuevo, pues ya había cubierto en primera persona la revuelta orquestada por Pancho Villa cuatro años antes.

«Los soldados estaban de centinela al otro lado, pero no nos dijeron nada. Al extremo del corredor se encontraba una amplia habitación decorada con cornisas doradas y enormes candelabros de cristal; después venía una serie de cámaras más reducidas […]. A ambos lados […] se alineaban colchones y mantas sucias, sobre los cuales estaban tendidos los soldados. El entarimado estaba recubierto de una verdadera capa de colillas, de trozos de pan, de ropas y botellas vacías que ostentaban etiquetas de grandes marcas francesas. Los soldados, que lucían las charreteras rojas de las escuelas de los junkers, iban y venían en una atmósfera de tabaco y de humanidad mal aseada. Uno de ellos sujetaba una botella de borgoña en sus manos, sustraída evidentemente de las bodegas de palacio».

Reed
Reed

Gracias a un millar de vivencias de este tipo (charlas con soldados, tardes de café con bolcheviques, entrevistas con los líderes más destacados de la revolución), Reed orquestó la que fue su obra más famosa: «Diez días que estremecieron al mundo». La que, a la postre, fue la crónica en primera persona más destacada de una de las épocas más convulsas de la Unión Soviética.

Hasta tal punto dejó sobre blanco los hechos que fue prologada por el mismísimo Lenin y su esposa, Nadezhda Krúpskaya. El primero, sin ambages, afirmó que ofrecía un «cuadro exacto y extraordinariamente útil de acontecimientos de tan grande importancia» y recomendó su lectura «a los obreros de todos los países». La segunda, por su parte, definió el texto no como «una simple enumeración de hechos o de testimonios», sino como «una serie de escenas vividas».

Lo más llamativo es que, puede que por descuido, puede que por mera casualidad, Lenin no se percató de que la obra de Reed puso de manifiesto alguna de las grandes falacias de la Revolución de Octubre. Entre ellas, que el líder bolchevique mintió cuando, a las tres de la tarde del 7 de noviembre, confirmó eufórico al Congreso de los Sóviets en el Smolny la victoria. Así lo afirmó:

«A los ciudadanos de Rusia: el gobierno provisional ha sido depuesto. El poder del Estado ha pasado a manos del órgano de los diputados del Sóviet de Petrogrado de Obreros y Soldados, el Comité Militar Revolucionario, que dirige al proletariado y a la guarnición de Petrogrado. […] ¡Viva la revolución de los soldados, obreros y campesinos!».

Asalto al palacio
Asalto al palacio

Para entonces, sin embargo, el palacio de Invierno no había sido tomado. Tampoco había comenzado el famoso bombardeo que llevó a cabo el acorazado «Aurora» para convencer, por las bravas, al Gobierno provisional de que lo mejor era la retirada. Y lo mismo sucede con la imagen, errónea donde las haya, de que la revolución fue un levantamiento general de las masas contra un minúsculo reductor de mencheviques. No. Aunque Trotski confirmó que se movilizaron 25.000 combatientes, en realidad ese era el número de Guardias Rojos que tenía a su disposición, y no salieron en su totalidad a las calles. Todo ello queda patente en la crónica de Reed. No explícito, aunque sí inferido gracias a los testimonios de los testigos.

En todo caso, lo que es innegable es que este periodista, nacido en Portland en 1887, se ganó el cariño de los bolcheviques. No en vano fue enterrado en las proximidades del Kremlin, en la Plaza Roja de Moscú, como héroe de la Revolución tras fallecer en 1920 por tifus. Aunque más que como soldado al servicio de la URSS, quizá habría que recordarle como un intelectual en principio socialista que, como periodista que era, cubrió la Primera Guerra Mundial para la revista «Metropolitan» y las andanzas de Pancho Villa antes de viajar a Rusia. Aunque también como un hombre que fue tildado de extremista en Estados Unidos y que fue perseguido por comunista. Claros, oscuros, pero mucho reporterismo.

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