Posted on October 16, 2020, 6:12 pm
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Si nos detenemos en los hechos superficiales, Jacinda Ardern (Hamilton, Nueva Zelanda, 1980) se presta bien al juego del recital de anécdotas. Hace unas semanas, durante un debate con la conservadora Judith Collins, su adversaria en las elecciones legislativas que se celebran este sábado, la primera ministra neozelandesa, convertida en una de las nuevas estrellas de la izquierda, admitió haber fumado marihuana cuando era joven. «Hace muchos años», puntualizó, en un alarde de honestidad que hizo enmudecer al moderador y vertió ríos de tinta. Expresando su admiración por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, al que llamó «Peter Sainchis» en un curioso bautismo inglés, la líder laborista también expuso los pilares de su programa, con las políticas medioambientales, sociales y económicas que apenas pudo cumplir en su primer mandato. Poco importa, porque las urnas parecen dispuestas a sonreíre.

Con la baza de su buena gestión de la pandemia, todas las previsiones le conceden una cómoda victoria a Ardern, protagonista una carrera política casi meteórica a sus 40 años. Nacida en el seno de una familia mormona, una religión que practican 113.000 personas en un país de 4,9 millones de habitantes, la primera ministra se alejó de la fe de sus mayores por oposición a sus críticas a la homosexualidad. En Murupara, una pequeña localidad de la isla norte de Nueva Zelanda, conoció el padecimiento de los maoríes, episodio que despertó su conciencia social. En 1999, entró en el Partido Laborista, donde comenzó un ascenso en línea recta. En 2005, se trasladó al Reino Unido, trabajando dos años en el gabinete del ex primer ministro británico Tony Blair. Poco después, en 2007, se convirtió en presidenta de la Unión Internacional de las Juventudes Socialistas. Con solo 28 años, ingresó como diputada en la Cámara de Representantes.

Rozando la cumbre, Ardern subió el último escalón y se convirtió en primera ministra en 2017, después de que el Partido Laborista (centro-izquierda) alcanzara un acuerdo de coalición con Nueva Zelanda Primero (populista, nacionalista), desbancando al Partido Nacional (centro derecha), ganador por número de votos en las elecciones de ese año.

Grandes desafíos

Desde su nombramiento, Ardern se ha enfrentado a grandes desafíos, casi una sucesión de hechos dramáticos que han marcado un primer mandato donde no ha podido cumplir con sus promesas de reducción de la pobreza. El primero llegó en marzo de 2019, cuando el supremacista Brenton Tarrant abrió fuego con un rifle automático contra dos mezquitas de la localidad de Christchurch, provocando 51 muertos y decenas de heridos. «[Somos] un hogar para quienes comparten nuestros valores. Refugio para quien lo necesite. Y esos valores no serán y no pueden ser sacudidos por este ataque», dijo entonces la primera ministra, en un emotivo discurso que fue muy aplaudido. En diciembre, la erupción Whakaari, en el noreste del país, también provocó que varias personas perdieran la vida. Pocos meses después, la pandemia se convirtió en el reto que lo ha cambiado todo.

Con una política preventiva, que impuso medidas como el confinamiento, el rastreo de casos y el cierre de fronteras temprano, Ardern se ha convertido en una de las políticas más alabadas por su gestión de la pandemia. Desde la primavera, solo 25 personas han muerto en Nueva Zelanda por culpa del Covid-19. En consonancia con esa cautela, las elecciones legislativas, previstas para septiembre, se pospusieron a mañana.

Con una personalidad carismática -está casada con un presentador de televisión y sus reacciones y ocurrencias no dejan indiferente a nadie-, pasó a integrar el club de referentes del nuevo progresismo, un donde figuran el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, o el expresidente de Estados Unidos, Barack Obama.

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