Posted on October 16, 2020, 4:49 pm
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Después de tres meses de protestas que han ido subiendo de tono durante las últimas semanas, decenas de miles de tailandeses se han vuelto a echar este jueves a las calles de Bangkok desafiando el estado de emergencia impuesto por el Gobierno durante la madrugada. Tras la marcha multitudinaria del miércoles, en la que un grupo de manifestantes fueron dispersados por la Policía por interrumpir el paso de la caravana oficial de la reina Suthida, el Ejecutivo dirigido por el general Prayuth Chan-ocha ha decidido cortar por lo sano prohibiendo las reuniones de más cuatro personas y censurando las noticias «que puedan crear miedo o tergiversar intencionadamente la información, creando malentendidos que afecten a la seguridad nacional y a la paz y el orden», anunció la televisión estatal en un comunicado, según informa Reuters.

«Como parece que muchos grupos de personas han incitado asambleas públicas ilegales en Bangkok, que han acabado afectando a la comitiva real y a la seguridad nacional, es extremadamente urgente introducir medidas urgentes para mantener la paz y el orden», argumentaron las autoridades. Para ello, desplegaron a la Policía antidisturbios, que despejó la concentración ante la sede del primer ministro pese a los intentos de algunos manifestantes por levantar barricadas.

Pero, al anochecer, la multitud se ha congregado en el centro de Bangkok, el mismo lugar donde hace diez años fue aplastada a tiros la acampada de los «camisas rojas» que llevaban dos meses protestando contra el Gobierno de entonces. Al igual que en ese momento, los manifestantes exigen la dimisión del primer ministro, el general Prayuth Chan-ocha, quien dio un golpe de Estado en 2014 y retuvo el poder en las elecciones del año pasado entre acusaciones de fraude.

También contra la monarquía

En un giro dramático con respecto al pasado, las protestas se han extendido también contra la antes venerada monarquía, muy cuestionada desde que el rey Maha Vajiralongkorn sucediera a su difunto padre, el querido Bhumibol, tras su muerte en 2016. Lideradas por los jóvenes, que no sienten por el polémico soberano la misma veneración que sus mayores, las manifestaciones reclaman una reforma de la Constitución y un recorte de los poderes reales, que Vajiralongkorn ha ampliado entre sus idas y venidas de Alemania, donde pasa la mayor parte del tiempo con su esposa y concubinas.

Para descabezar al movimiento, la Policía ha detenido a primera hora de la mañana del jueves a 20 de sus líderes. A tenor de la BBC, entre los arrestados destacan el abogado de Derechos Humanos Anon Nampa, el activista estudiantil «Pingüino» Parit Chiwarak y la joven Panusaya Sithijirawattanakul. Mientras Anon, de 36, fue el primero en romper el tabú de pedir una reforma de la monarquía en agosto, Panusaya, de 21, se ha erigido en el rostro de esta revuelta por su decálogo para llevar a cabo dichos cambios. Toda una osadía porque las críticas contra el rey están penadas con la cárcel como «delitos de lesa majestad».

«Como perros acorralados, lucharemos hasta nuestra muerte», jaleó a la muchedumbre «Mike Rayong” Jadnok, uno de los líderes de la oposición que no ha sido detenido. Entre sus gritos y consignas, prometió que «no caeremos, no huiremos, no iremos a ninguna parte», reviviendo el espíritu de la acampada de los «camisas rojas» que acabó con un baño de sangre hace una década.

Desde que otro golpe de Estado derribara en 2006 al entonces primer ministro, el popular Thaksin Shinawatra, Tailandia vive sumida en la inestabilidad política. A la tradicional división social entre las capas rurales más desfavorecidas de los «camisas rojas» y las élites urbanas de los «camisas amarillas», leales al rey y al Ejército, se ha sumado ahora la frustración por el pucherazo electoral del año pasado. Con el símbolo de la película «Los Juegos del Hambre», la mano alzada con tres dedos juntos, los jóvenes se han rebelado este verano pidiendo una democracia de verdad y cambios en la Constitución y la monarquía. En medio de la pandemia del coronavirus, que ha debilitado a la economía del país por su dependencia del turismo, esta nueva ola de protestas amenaza con desatar otra revolución en Tailandia.

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